Cada otoño, las hojas volvían a caer. Las ramas se antojaban solas y desnudas, pero siempre quedaba la esperanza de que crecieran de nuevo.
Se recomponía con solo sentarse a esperar.
Y los anillos se sumaban unos a otros.
Una ráfaga de aire nos lo arrebató todo; después de las regaderas llenas de lágrimas, sólo quedó inestabilidad.
O corrías o merecías quedarte atrás en el camino, mientras el viento se reía de tu pelo enredado.
Nos quedamos mirando, allí, nadando como truchas en agua fría.
En realidad no se fue del todo, solo creció demasiado, pero lucharemos, abrazados alrededor del tronco, para que nunca caiga.
Aunque nos toque aguantar el frío invierno a tus pies.
Aunque no entendieras que tenías un papel en esas palabras.