No puedo repartir pedazos de mi alma a cada par de ojos que miran y después maldecir lo poco que me queda para abrir los labios y expirar palabras que no duran un instante.
¿Qué pasa si a mi mirada le gusta perderse en el horizonte… y este está demasiado bajo?
¡Venid corriendo, hay algo quemándose en el campo, bajo la lluvia, entre las piedras, sobre la hierba verde, junto ese enorme eucalipto! Es mi decisión que arde y se consume con sus palabras, palabras cubiertas por engañoso cielo azul. Un tren que explotó cuando saltábamos de techo en techo sobre sus vagones, un tren que nos llevaba al Edén que soñamos durante cuatro años… y ahora ha volado en pedazos y he de coger cada uno de ellos al vuelo, cuantos más, mejor.
El vagón-cama de los desprecios ha llegado a la estación, solo falta escoger la litera más dura y que los muelles se claven en mi espalda para siempre.
Y cuando al fin pueda respirar susurros extranjeros, quizás no sepa arrepentirme de lo que hice.
Empaqueta mi corazón, arrójalo al fuego y que la decisión la tome el humo negro que me ahoga.
*El horizonte está ardiendo con la puesta de sol.