Cerezas y soledad. Una voz que te susurra suave lo último que quieres oír, lo único que quieres escuchar.
Una oscuridad donde buscar palabras que se perdieron escritas en una pizarra.
Y solo encontrar la frase prohibida por todas partes.
Reíd hasta que se duerma entre tus brazos despacio, mientras me alejo, todo lo que se formó.
Se agotan, sin remedio.
Se acerca y se va. O, más bien, lo empujo al filo.
Hasta que cae, con mis lágrimas, y asciende o desciende.
Pero nunca pasa nada. No bastan las de hoy para parar las de mañana.
Podría no estar tan sola con mi estupidez y aprender a escribir algo que merezca la pena.
