El aire soplaba cálido y el sol acariciaba suavemente su piel mientras caminaba apurada, con los párpados pesándole más que nunca y el corazón latiendo fuerte, fuerte… ¡más fuerte! Como la música que retumbaba en sus oídos, a compás de esa sangrienta melodía que ya desde tan temprano hacía explotar lo único que quedaba en pie de sus ideas.
Avalanchas de pensamiento llegaban sin cesar a su mente destrozada de otras anteriores que se fueron con las olas o se quedaron a escuchar la nota que colma el vaso de la confusión.
Y mientras sus pies no paraban de avanzar hacia el comienzo de las dudas, el nerviosismo y el deseo, las voces de su conciencia veían ya el atardecer de mil maneras diferentes, de cientos de sabores, analizando la gama de colores que la brisa, entonces fresca, les ofrecía al pasar con su susurrante sonrisa de despedida.
Alzó la mirada al cielo y deseó que sus tan amigas como enemigas pálidas nubes se tornaran rosadas a su voluntad, esperando que eso solo fuera necesario por la admirable belleza del momento que pasa cuando no te das cuenta y que jamás se repite.
Apenas quedaban dos suspiros del camino y no pudo hacer otra cosa que cerrar estúpidamente los ojos por un momento, expirando lentamente, intentando apaciguar el salvaje latido desbocado de su corazón sin sabes si quiera con qué idea hacerlo. Y entre el cúmulo de pensamientos que se arremolinaban en torno a su cabeza, una mirada hacia el frente y una pequeña pero gran sonrisa tranquila: nada más lejos de la realidad… ni tan cerca de ella.
Hopeness.
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