Desilusiones, ¿qué más le podíamos pedir? ¿Qué más podríamos desear cuando la vida misma anda dando vueltas en un bombo de lotería?
Rodando y rodando, solo queda hacer crecer las esperanzas, lanzarlas alto hasta allí donde no puedas verlas y se pierdan en los límites de lo posible. Creíamos que estaba cerca y el suelo sobre el que caminábamos se hacía suave, sin darnos cuenta de que también por eso era más resbaladizo. Y, aunque ya habíamos olvidado esta común sensación de descuido, volvimos a caer de culo, aplastando nuestros pensamientos. Qué bonito era pensar que te tendría, que lo sabrían y que de vez en cuando las primeras impresiones fallan para que las segundas deslumbren de verdad.
Quién diría lo que pueden llegar a pesar las ilusiones cuando se desmoronan o cuán idiota te sientes después de darte cuenta de que has perdido toda carrera. Y, sin embargo, resulta irónico pensar que puede que ni cruzáramos la meta. Lo elegimos así. Pensamos que sería lo mejor, pero el recuerdo de esa cordura se lo llevó volando el viento, dejándonos, aunque felices, desnudos ante lo que ya deberíamos estar acostumbrados a sentir.
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