Hacía mucho que no recordaba ese momento, Aquel en
blanco y negro que adoraba contemplar minuto tras minuto, sintiendo que te
veía, que tu piel dejaba de ser gris para que pudiese tocarla. Deseaba
acariciarte el pelo, enredar en él mis dedos, y así, cerraba los ojos: a veces
sonreía, seguramente pensando en cuán maravilloso podría llegar a ser, pero
otras (de hecho, la mayoría) tenía que enjugarme las lágrimas que caían
silenciosa y lentamente por mis mejillas al recordar que cada día al levantarme
olvidaba un poco de aquello que pude ver de ti.
Recuerdo también esa envidia. Una envidia que de
verdad me inundaba cada recoveco del alma (si es que yo alguna vez tuve de
eso). Pero era una envidia sana, por así decirlo, pues en ningún momento de
esos tantos en los que te pensaba logré encontrar algo reprochable en tu
perfección. Siempre conseguías que me quedara embobada, alabándote, pensando
que, a la vez que tú subías hasta el cielo, yo caía más y más bajo. No voy a decir que me gustara sentir que todo
cuando era o podía llegar a ser era digno del más apestoso vertedero, pero
supongo que de todo se aprende.
Adoraba tu piel, tu sonrisa, tus ideas, tus
palabras, todos esos momentos, e incluso tu voz, aquella que llegué a olvidar
con el tiempo. En fin… te adoraba a ti.
Y, aunque entonces maldecía no mover un solo músculo para cambiar las
cosas, ahora lo veo de otro modo. Parece que he cambiado. Ambos lo hemos hecho.
Es obvio que no te olvidado. De hecho, sigues
paseándote de vez en cuando por mis pensamientos. Sigo creyendo en ti, pero no
de la manera en que solía, sino en un tú brillante, sin mí, afortunada por
haberte conocido.
Puede que hayas cambiado un poco, pero tu perfección, mi envidia, no va
a disiparse fácilmente.
Créeme tú, sé algo grande, aunque solo sea por toda
la ilusión que te dediqué… aunque ya ni recuerdes mi nombre.
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