6.28.2012

Should I miss you?

Hacía mucho que no recordaba ese momento, Aquel en blanco y negro que adoraba contemplar minuto tras minuto, sintiendo que te veía, que tu piel dejaba de ser gris para que pudiese tocarla. Deseaba acariciarte el pelo, enredar en él mis dedos, y así, cerraba los ojos: a veces sonreía, seguramente pensando en cuán maravilloso podría llegar a ser, pero otras (de hecho, la mayoría) tenía que enjugarme las lágrimas que caían silenciosa y lentamente por mis mejillas al recordar que cada día al levantarme olvidaba un poco de aquello que pude ver de ti.

Recuerdo también esa envidia. Una envidia que de verdad me inundaba cada recoveco del alma (si es que yo alguna vez tuve de eso). Pero era una envidia sana, por así decirlo, pues en ningún momento de esos tantos en los que te pensaba logré encontrar algo reprochable en tu perfección. Siempre conseguías que me quedara embobada, alabándote, pensando que, a la vez que tú subías hasta el cielo, yo caía más y más bajo.  No voy a decir que me gustara sentir que todo cuando era o podía llegar a ser era digno del más apestoso vertedero, pero supongo que de todo se aprende.

Adoraba tu piel, tu sonrisa, tus ideas, tus palabras, todos esos momentos, e incluso tu voz, aquella que llegué a olvidar con el tiempo. En fin… te adoraba a ti.
Y, aunque entonces maldecía no mover un solo músculo para cambiar las cosas, ahora lo veo de otro modo. Parece que he cambiado. Ambos lo hemos hecho.

Es obvio que no te olvidado. De hecho, sigues paseándote de vez en cuando por mis pensamientos. Sigo creyendo en ti, pero no de la manera en que solía, sino en un tú brillante, sin mí, afortunada por haberte conocido.
Puede que hayas cambiado un poco, pero tu perfección, mi envidia, no va a disiparse fácilmente.

Créeme tú, sé algo grande, aunque solo sea por toda la ilusión que te dediqué… aunque ya ni recuerdes mi nombre.


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