Cuando miro a mi alrededor y solo encuentro esa hipocresía enmascarada, cuando me abruma la soledad, siento que no estoy en ningún bando, que soy únicamente la pelota que rodaba a los pies de los muñecos del futbolín.
Porque las sonrisas no son suficientes cuando me pudro por dentro y el egoísmo me aplasta, cuando sé que habría apagado las velas con mis lágrimas hace tiempo. Las alternativas están demasiado altas para la humildad trotamundos, aquella que ya escasea y se ahoga, se suicida escaleras abajo.
Si no sé si cerrar los ojos y descansar o no cerrarlos nunca y vivir; si a veces deseo con tanta fuerza extinguir las brasas que quedan antes de que ardan de nuevo; si lo daría todo por un poco de seguridad…
Recógeme del suelo si caigo, abrázame si lloro, bésame para que nunca nos vayamos, para que pueda olvidarlo todo y así agradecerte a cada momento que estás a mi lado.
Y si llueve, déjalo estar, que saldrá el arco iris entre tantas nubes, que las flores nos sonreirán desde lo bajo.
Mientras las manecillas del reloj sigan contando los segundos, lentas y perezosas, y las canciones no dejen nunca de sonar, tendrás mi mano junto a la tuya, haciéndole competencia a la nieve que cae pero no vemos, fundiéndose despacio para que nos cueste más separarlas cuando no podamos evitar una despedida, oscura o bajo el sol, pero siempre conmovedora.
Regálame un suspiro, un te quiero oculto entre las margaritas, un atardecer cálido de nubes rosáceas… una palabra que quede suspendida en el aire para siempre.