Quisiera cerrar los ojos y que todo desapareciera, poder olvidarme de cada pensamiento y dejar que el sol me acariciara la piel mientras huelo el perfume de una flor que crece a mi lado, ver el ocaso arropada por una manta suave, montar las nubes y sentir que no dejo nada atrás.
No sé si es mucho pedir que tras el azul cielo asomara algo de piedad, el reflejo de un recuerdo pasado del cual se quemaron ya todas las fotografías.
Llegar a casa e inspirar el cálido aroma del hogar, salir una vez más y tenerme que contener las ganas de gritarte para luego reírme y nunca olvidar ese enorme edificio que dejamos a medio construir y descolgar el teléfono para luego hacerlo sonar y sentarme en el pequeño balcón con los brazos llenos de mundos/historias por descubrir.
Quiero mi verde pradera escocesa alumbrada por el (abrasante) sol sevillano en primavera y un río estrecho de agua clara y miles de rincones para perderse, para esconderse de los demás, para reír sin que nadie me escuche, para gritar al fin que los pozos negros rebosaron de alegría.
La llama consumió ya medio instante, sino la apagamos perderemos todo el blanco y negro que nos queda para siempre.
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