Reservamos el tren hacia las nubes juntos, tus ojos y los mios, y nuestras mirada brillaron en ese viaje en el que siempre hemos estado. Pero esta vez el camino se hizo más corto y, sentados en primera clase del vagón de los sueños, podías escuchar mis latidos al igual que yo los de tu corazón, enterrado profundo bajo tierra. Y de repente, quedamos muertos y sin saber a donde ir, sintiendo nuestras manos como imanes con polaridad idéntica, alejándose, tan opuestas como parecidas, cual cielo e infierno.
Caímos al suelo. Nos convertimos en dos peces nadando en la misma minúscula pecera otra vez, sabiendo que me sacarían.
Ambos sabemos que me iré y, aun con la experiencia removiendonos el pelo, no por cuanto.
Cuando llegue, respiraré y pensaré que te echo de menos, aunque eso quede por siempre como secreto en mi memoria. Miraré tras cada esquina conteniendo las lágrimas que derrame tu recuerdo.
También sabemos que volveré y podrás secarlas tranquilo.
De verdad, no sé cómo lo haces, pero cada vez que te leo, las lagrimillas hacen que las letras se entrecrucen. Me pones lo vellos de punta, hamija.
ResponderEliminarTu D.Andante. Siempre.
Gracias, Hermi. Echaba de menos tus comentarios <3
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