¿Cómo podemos ser tan tontos?
¿Cómo podemos dejar que la envidia se apodere de nosotros, ennegreciendo todo lo
aquello admirable en nuestra propia realidad? Bebemos del agua que nos dan,
respiramos con las miradas de soslayo que nos dirigen y construimos nuestros
sueños a su compás, ¿de verdad vale la pena?
Resulta raro levantarte un día y
notar que te sientes bien, que tu piel resplandece y que tus ojos al fin dicen
algo de lo que hay allí donde nadie ha llegado. Creer que vales algo, que
mereces sentirte viva y vivir. Pero, por mucho que el sol caliente la piscina,
el agua caliente siempre se agota y tras ella llega el jarro de agua fría, que
pondrá tu piel de gallina y hará que necesites
esconderte entre las sábanas para no
salir.
Son tantas las cosas que están
mal en el entramado de ideas en el que se ha convertido mi cabeza, que no cabe
pensar en todo lo que podría dejar atrás con tanto recelo. A veces el orgullo
me puede y abandono mis lágrimas, pero los sueños y recuerdos aplastan el alma
hasta que la ven estallar.
Y lo peor de todo es que
olvidamos que, al conseguir ser quién no somos, querremos volver a ser otra
vez.
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