Vaya! Parece que volvemos a
hablar de lluvia. Siempre he oído hablar de las tormentas de verano pero, si te
soy sincera, pensaba que eso no iba con nuestro albero. Habrá que replantearse nuestro
concepto de verano, porque también está claro que, a pesar de los asfixiantes
momentos que acontecieron esta pasada semana, hemos vuelto al casi-invierno
otra vez.
No está mal que, en medio de la
tormenta, cuando la lluvia más araña los cristales, los plomillos se rindan y
te dejen en la oscuridad, sumida en el pensamiento y sobresaltada con el haz de
luz de los rayos y su posterior, pero no por ello menos espeluznante, trueno.
Como único consuelo, concederemos a este mundo tecnológico que nos envuelve
cada día más, un portátil con media batería y Word para escribir, aunque tenga que
tantear las letras a ciegas que, en definitiva, no es muy diferente a lo que
suelo hacer.
Y, aunque el encanto de ese
momento a solas con la luz de la pantalla haya terminado y pueda volver a ver
mis dedos otra vez, los rayos siguen ahí afuera, tronando segundos después, y haciéndome
sentir un pequeño escalofrío, de esos que te recorren cuando no comprendes qué
ocurre fuera.
Nunca pensé que esto pasaría,
pero justo ahora, encuentro más interesante la lluvia que me rodea, que
cualquier otro pensamiento que me aplaste el corazón, de esos que últimamente
me sobran, porque, total, no había imaginado que esto sirviera de algo, pero
menos pensé que en lugar de comprensión recibiera risas.